EL PADRE
Era fácil ser niña,
subida en tus zapatos.
Tú me andabas el mundo
mientras yo sonreía.
Y, ahora, que no estás, me pesan los zapatos.
Me pesan los zapatos y los días.
Y las costillas que me dejaste en herencia.
Y la mente que me dejaste en herencia.
Y los conceptos de la mente que me dejaste en herencia.
No son los años, ni el volumen proporcional
de hembra multípara en las caderas,
que cruzan las calles, donde antes,
era una niña sin movimiento oscilante en la cintura,
sin movimiento pendular en la mente.
Sin ciclos de la luna.
Ni zapatos de hombre que no me entienden
y se alejan ajenos por la esquina.
Donde un día, no tan lejos,
me comprabas un helado de fresa.
|